Fundamentación antropológica y ontológica de la ética | Rodríguez Yunta | ARS MEDICA Revista de Ciencias Médicas

Fundamentación antropológica y ontológica de la ética

Eduardo Rodríguez Yunta

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Referencias


Para un concepto general de la metafísica de Rielo ver "Hacia una Nueva Concepción

Metafísica del Ser" y "Concepción Genética de lo que no es el Sujeto Absoluto" publicadas en

¿Existe una Filosofía Española? y en Raíces y Valores Históricos del Pensamiento Español,

E.F.R., Constantina, Sevilla (1988 y 1990, respectivamente).

Hume, D. Enquires Concerning Human Understanding and Concerning the Principles of

Morals. Ed. L.A. Selby-Bigge, Oxford, Clarendon Press (1975).

Kant, I. Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, México, Porrúa (1975).

Ver Veith, G. E. Jr. Postmodern Times: A Christian Guide to Contemporary Thought and

Culture, Crossway Books, Wheaton, Illinois (1994), pp. 49-51. Y Connor, S. Postmodernist

Culture: An Introduction to Theories of the Contemporary, Cambridge, Massachusetts: Basil

Blackwell (1989).

Para un análisis de la relación del cristianismo con la posmodernidad, ver Borghesi, M.

Postmodernidad y Cristianismo, Madrid: Ediciones Encuentro (1997). Y Veith, G. E. Jr.

Postmodern Times: A Christian Guide to Contemporary Thought and Culture, Crossway Books,

Wheaton, Ilinois (1994).

Esta situación es denunciada por la Encíclica Veritatis Splendor, Introducción 4.

Para un estudio de la manipulación del lenguaje y de la ética por los medios de comunicación

social ver López Quintás, A. El Secuestro del Lenguaje, Madrid: Asociación para el progreso de

las Ciencias Humanas (1987).

Ver Encíclica Veritatis Splendor III, 104.

Brussino, S. L. Bioética, Racionalidad y Principio de Realidad. Cuadernos de Bioética 0

(1996): 39-48.

Ibíd.

Ver Encíclica Veritatis Splendor II, 53.

Dar a la razón una completa autonomía en el ámbito de las normas morales sería afirmar que

el hombre se basta a sí mismo para dar la norma, sin relación ninguna con el Creador, como ha

sido denunciado por la Encíclica Veritatis Splendor II, 36.

Definiciones, 415a.

De anima, II, 1, 412 A 29, 43-44; II, 412 B 13-15.

De Fide et Symbolo, 1, 412 A 29, 43-44; II, 412 B 13-15.

II Sentencias, d. 1, q. 2, a. 4.

Meditaciones, II.

Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, II.

Evol. Créatr., 8 De. (1911), p. 151.

El Tema del Hombre, 239.

Ideología Alemana, I.

Essay on Man, II

Der Formalismus in der Ethik, II.

Fernando Rielo distingue entre metafísica y ontología: la metafísica estudia la adintreidad del

sujeto absoluto; la ontología estudia la adextreidad del sujeto absoluto en la persona humana,

supuesta la creación de esta. La realidad ad extra del sujeto absoluto inhabitante en el ser

humano es denominada por Rielo divina presencia constitutiva, objeto de la ontología o mística.

Para un estudio de la metafísica y de la estructura antropológica del ser humano según Fernando

Rielo ver "Hacia una Nueva Concepción Metafísica del Ser" y "Concepción Genética de lo que

no es el Sujeto Absoluto" publicadas en ¿Existe una Filosofía Española? y en Raíces y Valores

Históricos del Pensamiento Español, E.F.R., Constantina, Sevilla (1988 y 1990

respectivamente). Y Rielo, F. Tratamiento Sicoético en la Educación, E.F.R., Nueva York

(1996).

Ver López Sevillano, "Metafísica Pura en Fernando Rielo," en Poeta y Filósofo / Poet and

Philosopher, EFR, Constantina, Sevilla (1996), p. 205.

Las personas divinas constituyen entre sí una inmanente complementariedad intrínseca en

términos de Fernando Rielo, en virtud de la cual una persona divina es, conservando sus lugares

metafísicos, "si y solo si" es definida genéticamente por otra persona divina. La conservación de

los lugares metafísicos significa que tiene que haber, cuando menos, una primera persona (P sub

uno) y una segunda persona (P sub dos), realmente distintas. La inmanente complementariedad

intrínseca de (P sub uno) con (P sub dos) es concepción genética de la unidad absoluta que,

constituida por las personas divinas, rechaza a su vez la intercambiabilidad de las mismas porque

habríase regresado, una vez más, al absurdo de la identidad absoluta de la persona en su persona.

El Sujeto Absoluto ha de estar formado al menos por dos personas: un Padre y un Hijo. No

puede decirse, el Padre es el Hijo o el Hijo es el Padre. La relación absoluta es inmanente

complementariedad intrínseca; esto es, formada por un verbo de acción directa en que el Padre es

acción agente del Hijo, y el Hijo es acción receptiva del Padre. Ver J. M. López Sevillano, "La

Nueva Metafísica de Fernando Rielo". En Aportaciones de Filósofos Españoles

Contemporáneos, EFR, Constantina, Sevilla (1991), pp. 79-84.

Si hablamos en términos de revelación cristológica, Cristo revela de sí mismo que es esa

segunda persona en inmanente unidad con la primera denominada "Padre"; y nos revela, además,

que existe otra persona divina con nombre "Espíritu Santo".

Esta divina presencia constitutiva es lo que hace al ser humano ser imagen y semejanza, no

consigo mismo ni con el mundo ni con las criaturas, sino con las personas divinas.

Entendemos aquí por "genética" en el sentido dado por Rielo. Lo genético es, lejos del

procesualismo piagetiano, lo relativo al origen, constitución y desarrollo de la vida en sus

variadas manifestaciones: biológica, psicológica o moral, espiritual u ontológica y metafísica. La

"forma como se da la vida" es estudiada, según estas manifestaciones, por la concepción genética

de la metafísica, ontología, moral... sin que estas sean compartimentos estancos, antes bien

realidades abiertas entre sí: el ser humano no es un compuesto de tres realidades incomunicables,

cuerpo, psique, espíritu, antes bien, abiertas de tal modo que el espíritu asume una psique con su

cuerpo, esto es lo que se quiere decir con la expresión "espíritu encarnado". Rielo prefiere la

expresión "espíritu psicosomatizado".

La distinción entre cuerpo, alma y espíritu está admitida por la tradición cristiana. Numerosos

son los textos de las Sagradas Escrituras, del Magisterio, de los místicos y de los Doctores de la

Iglesia, que hablan de la distinción entre espíritu, alma y cuerpo. Algunos ejemplos

representativos son: 1 Tes. 5, 23; Heb. 4,12; Catecismo de la Iglesia Católica 202, 367; Fray

Luis de León, De los Nombres de Cristo, Libro II, Príncipe de la Paz; Santa Teresa de Jesús,

Libro de la Vida, Cap. 34,15; Moradas Séptimas, 1, 11; Relaciones 5, 11; 29, 1.

El éxtasis es manifestación de la energía espiritual presente en la persona humana, que,

rompiendo la identidad de la persona consigo misma, hace que esta esté abierta al infinito divino,

a sus semejantes y a la creación entera.

La divina presencia constitutiva hace al ser humano ser imagen y semejanza de la Divina

Trinidad, como expresa el texto del Génesis (Gn 1, 26). Hay que distinguir dos niveles de la

divina presencia constitutiva: el primero es, sub ratione creationis (bajo la razón de la creación),

gracia constitutiva dada a todo ser humano por el hecho de ser creado para constituirse en

persona a imagen y semejanza de las personas divinas; el segundo es, sub ratione redemptionis

Christi (bajo la razón de la redención de Cristo), elevación de la divina presencia constitutiva al

ámbito sobrenatural de la gracia santificante. El primer nivel, propio de todas las religiones,

aunque no es por sí mismo salvífico, está, sin embargo, ordenado al segundo en virtud del

carácter universal de la redención de Cristo.

La divina presencia constitutiva formante de la persona define al ser humano desde el mismo

momento de su concepción, esto es, antes de pertenecer a ninguna religión. Todo deseo de

transcendencia del ser humano, no importa la religión, se da por necesidad constitutiva. Y es

precisamente esta divina presencia constitutiva la que posibilita al ser humano para recibir la

gracia santificante, cosa que es imposible a un árbol o a un caballo. La gracia actual actúa

incrementando esta divina presencia constitutiva elevada al orden de la gracia santificante.

Rielo resuelve la cuestión epistemológica afirmando que la divina presencia constitutiva, la

inhabitación del acto absoluto en la persona humana es la episteme o soporte del conocimiento.

("Hacia una Nueva Concepción Metafísica del Ser", p. 133).

Rielo, "Hacia una Nueva Concepción Metafísica del Ser", p. 132; para la cuestión

epistemológica ver ibíd., pp. 132-36; para la cuestión ética ver "Concepción Genética de lo que

no es el Sujeto Absoluto", pp. 130-134.

La elevación por Cristo de esta divina presencia constitutiva al ámbito de la gracia

santificante pertenece exclusivamente al orden sobrenatural revelado.

Cristo, presidiendo sobre su modelo ético como el ejemplo para seguir, formuló la norma

moral de la siguiente manera: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (San Juan

:34); amar al prójimo con el mismo amor con que Cristo nos ha amado es por lo tanto la ley de

la perfección ética, cuya esencia es el amor, y condición sine qua non de toda consideración

moral auténtica (ver Encíclica Veritatis Splendor I, 20). El modelo ético del comportamiento

humano está fundado en la relación de amor mutuo entre las personas que constituyen el sujeto

absoluto. La razón es sencilla: Dios es amor y si Dios es amor, el hombre, a imagen y semejanza

de Dios, es también constitutivamente amor, un amor cuya principal característica es dar la vida:

"Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15: 13). Un amor

incondicionado, capaz de suscitar confianza, que sabe soportar, perdonar, tolerar, proveer,

acoger. Esta incondicionalidad del amor es lo que hace que la energía extática, esto es, la gracia

divina haga del ser humano, con el ser humano, plenitud personal.

Las personas divinas transverberan ad extra su amor divino en el espíritu de la persona

humana constituyéndola en "deidad", según aquellas palabras de Cristo confirmando la Escritura:

"dioses sois" (Jn 10, 34); esto es, la persona humana es, para Rielo, "mística deidad de la Divina

Deidad".

Rielo, "Concepción genética de lo que no es el sujeto absoluto", p. 133.

Ver Encíclica Veritatis Splendor II, 40, en que se habla de la ley natural como la luz de la

inteligencia infundida en nosotros por Dios.

Rielo, "Concepción genética de lo que no es el sujeto absoluto", pp. 130-134.

Para un estudio de la relación entre la psicología y la ética en la ciencia de la psicoética ver

Rielo, F.: Tratamiento Sicoético en la Educación, E.F.R., Nueva York (1996).

Según la doctrina cristiana del pecado original, el ser humano padece de un desorden interno

y una cierta impotencia e incapacidad ante el lado obscuro de su conciencia, con el que nace. La

divina presencia constitutiva en nuestro espíritu se halla herida, oscurecida por el pecado

original, aunque no aniquilada.

La psique posee un ego que distorsiona el yo cuya dinámica es la neurosis que actúa en las

fuerzas estimulosas por medio de las manifestaciones disgregadoras de la deformación del yo y

que se manifiesta por medio del miedo y de estados de sentimiento, emoción y pasión. Las

Sagradas Escrituras subrayan los límites humanos, lo trágico de la vida, la falta moral. El

verdadero impedimiento para recibir el don de la liberación por la gracia no son las

transgresiones más o menos graves y voluntarias, sino la pretensión humana de la

autosuficiencia, de la autonomía total, que esconde la propia desnudez radical (Gén 3). De la

impureza interior que surge de la malicia o perversidad de nuestro espíritu, nos habla Cristo:

"Porque de dentro del corazón de los hombres salen las malas intenciones" (Mc 7, 21).

Rielo, F. Definición Mística del Hombre y el Sentido del Dolor Humano. E.F.R., Roma

(1996).

La energía extática que actúa en el espíritu se proyecta en la libertad bajo la forma del amor,

en la mente bajo la forma de la fe, en la voluntad bajo la forma de la esperanza. Ver Tratamiento

Psicoético en la educación, EFR, New York (1996).

La conciencia no es fuente autónoma y exclusiva para decidir lo que es bueno o es malo, sino

que en ella está grabada un principio de obediencia a la norma que está grabada en el corazón

humano. Ver Encíclica Veritatis Splendor II, 60.

Esta fuerza se llama en teología "gracia sobrenatural".




DOI: http://dx.doi.org/10.11565/arsmed.v30i2.313



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