El tema de la muerte en la poesía de Fernando Rielo

José María López Sevillano

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Referencias


Palabra de origen griego (Θάνατος – λατρεια) cuyo significado es la excesiva atención no

justificativa que se le da al tema de la muerte convirtiéndola en una especie de ídolo o

seudoabsoluto al que la razón y la sensibilidad humanas se someten morbosamente.

Hemos visto en el capítulo III un breve análisis del concepto de persona en el pensamiento de

Fernando Rielo: “la persona humana es mística u ontológica deidad de la divina o metafísica

Deidad”. La persona humana es, de este modo, un sujeto espiritual psicosomatizado que, creado

y formado por la “divina presencia constitutiva” del Sujeto Absoluto, tiene la “potestad

constitutiva” de realizarse con dirección y sentido. Esta “protestad constitutiva, elevada al orden

de la gracia santificante, es la potestad sobrenatural de hacernos, como nos revela San Juan

Evangelista, hijos de Dios (cfr. Jn 1,12).

Transfiguración, ob. cit., p. 100.

En Diálogo, cit., p. 101.

Transfiguración, ob. cit., p. 127.

P. 95.

Pasión y muerte, p. 84.

En el poema “Muerte como cerámica” de Pasión y muerte, p. 64.

Noche clara, ob. cit., p. 94.

Fernando Rielo, Dolor entre cristales, p. 77.

Fernando Rielo, Paisaje desnudo, p. 51.

Fernando Rielo, Dolor entre cristales, p. 51.

Fernando Rielo, en el poema “Te quise” de Paisaje desnudo, p. 140.

En Diálogo, p. 66.

En el poema “Donde” de Paisaje desnudo, p. 81.

Fernando Rielo, Dolor entre cristales, p. 19.

F. Rielo, Dolor entre cristales, p. 41.

Transfiguración, ob. cit., p. 83.

Estructura del lenguaje poético, Gredos, Madrid, 1977, p. 220.

Transfiguración, ob. cit., p. 132.

Ibíd., p. 97.

El carpe diem horaciano, que pretenden asumir los poetas con la avidez de sus estados

gozosos o placenteros, es en Fernando Rielo el carpe Deum o sustancia del “poe’s” que define al

poema consumándose ahora en fe lo que será consumado después en gloria. Este ir hacia la

consumación, dolorosa in statu viae, no impide un estado de felicidad que, como afirma Cristo,

no es como la da el mundo.

Cfr. Jn 15,13

Transfiguración, ob. cit., p. 74.

Esto es, “la perdurable o eterna, la mortal o perecedera, y la de la fama que vive en el

recuerdo de la posteridad”, Juan Luis alborg, Historia de la literatura española, Edad Media y

Renacimiento, Gredos, Madrid, 1981, p. 374.

Fernando Rielo, Balcón a la bahía, p. 30.

Transfiguración, ob. cit., p. 112.

Aunque lo analizaré más adelante, concibo el versículo en la poesía de los primeros

poemarios de Fernando Rielo, no por la extensión más o menos grande de un verso –este criterio

es engañoso-, sino por la forma de utilizar las estructuras rítmicas con el recurso al paralelismo,

la anáfora, repeticiones conceptuales, etc. Esta forma versicular, que Whitman adapta con éxito a

la lengua inglesa, y seguida por muchos de nuestros poetas contemporáneos, fue utilizada con

profusión por la poesía hebrea, sobre todo en la literatura sapiencial del Antiguo Testamento.

Ibíd., p. 138.

La definición mística del hombre no admite que el ser se siga del deber ser; antes al contrario,

el deber ser es intrínseco al ser: “yo debo porque soy; en ningún caso, soy porque debo”. El

hombre es, esencialmente, imagen y semejanza de Dios; sin embargo, puede, moralmente,

degradar esta imagen; pero la degradación de esta imagen no significa aniquilación. Por tanto, el

ser humano, bajo todos los respectos, sea cual sea su comportamiento, raza, religión o irreligión,

se define, en virtud de la gratia creationis –en términos de Fernando Rielo-, por la imagen y

semejanza divina; esto es, por la divina presencia constitutiva en su espíritu creado capacitándolo

ontológicamente para ejercer su potestas personae. Los animales no saben que tienen a Dios;

solo el ser humano sabe –o puede saber- que tiene a Dios.

Ibíd., p. 139.

Ibíd., p. 151.

Paisaje desnudo, ob. cit., p. 51.

F. Rielo, Llanto azul, ob. cit., p. 48.

A esta característica de estilo que se manifiesta en Dios y árbol y, con alguna frecuencia, en

otros libros posteriores, vengo en denominarlos “esbozos becquerianos”, pasados a una poesía

mística que respeta el registro propio del habla coloquial.

Alguna vez se ha criticado de la poesía rieliana su recurso frecuente a las interjecciones “ay”,

“oh”. solo es comprensible por la miopía reductiva de algunos críticos que intentan eliminar de

su sensibilidad estética elementos esenciales del nivel fónico que evocan el patetismo, la

admiración, el dolor, etc., y que son utilizados con relativa profusión por nuestros mejores

poetas, incluso contemporáneos: Aleixandre, Dámaso Alonso, Hierro, Otero, Garciasol y un

largo etc.

Dolor entre cristales, ob. cit., p.97.

En Diálogo, p. 56.

Ob. cit., p. 135.




DOI: http://dx.doi.org/10.11565/arsmed.v29i1.356



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